lunes, 8 de octubre de 2018

La violencia en la teoría política de finales del siglo XIX y principios del siglo XX: Una consideración sobre la violencia en el Marxismo y el Sindicalismo Revolucionario


Jorge Carlos Ramos González. Graduado en Ciencia Política y Administración Pública
  1. Introducción
En la teoría política, la violencia, en sus diferentes formas, siempre ha tenido un papel importante a lo largo de la historia. Especialmente este papel vivió un auge importante a raíz de las revoluciones liberales y burguesas que se desataron en Europa durante los siglos XVII y XVIII, alcanzando su culmen con las teorías revolucionarias que se dan entre el siglo XIX y principios del XX. Es este último periodo una época de especial violencia y belicosidad entre las potencias que se puede apreciar en los diferentes autores que elaboraron teorías revolucionarias para llevar a cabo un cambio en el orden político, social y económico. Aun con esta presencia tan importante de la violencia, es difícil encontrarla en la teoría política expresada de manera aislada y claramente conceptualizada, presentando la legitimación, los límites o las consecuencias que puede tener su puesta en práctica. Para poder conocer estos aspectos de la violencia en las teorías políticas revolucionarias es preciso adentrarse en ellas e ir diseccionándolas a fin de poder entender que papel se le otorga en cada una de ella. La violencia está siempre presente en los escritos de los autores que elaboraron teorías revolucionarias, pero en difícil ocasión se aborda directamente. Esto ha llevado a confusiones y malentendidos sobre algunas de las teorías revolucionarias que vieron la luz durante el siglo XIX y XX.
De las diferentes teorías revolucionarias que vieron la luz durante el siglo XIX y principios del XX, este trabajo se centra en dos de ellas por sus consecuencias y su significación histórica: el marxismo y el sindicalismo revolucionario de George Sorel. En cuanto al marxismo, no es necesario extenderse en la influencia que ha tenido en la política desde su aparición con los escritos de Marx y Engels. Ha sido el padre de numerosas revoluciones por todo el planeta y ha supuesto el elemento que vertebro todo el devenir del siglo XX en el conflicto entre EE.UU y la URSS. Por otro lado, el sindicalismo revolucionario y las teorías del autor francés George Sorel son de interés para este trabajo por dos razones. La primera, porque abordan directamente el tema de la violencia –aunque, como se verá en el segundo apartado, en realidad Sorel tampoco ofrece una tematización clara y concisa- en su obra Reflexiones sobre la violencia de 1906; pero, en segundo lugar, por la connivencia que esta teoría revolucionaria tuvo con el auge de movimientos nacionalistas y prefascistas y sus conexiones con personalidades como Benito Mussolini. Estos hechos justifican la elección de estas dos teorías revolucionarias, descartando otras que también pueden ser de gran interés por el papel que puede jugar en ellas la violencia como el anarquismo. Así, esta exploración permite rastrear cómo se desarrollan y mutan, en ocasiones de manera inesperada, las teorías sobre la violencia en los autores revolucionarios.
Será en este contexto en el que se desarrollara el presente trabajo, analizando en cada una de las teorías revolucionarias la temática de la violencia y como interactúa dentro de cada cuerpo teórico. Para realizar dicho análisis, como fuente original utilizo las obras originarias traducidas al castellano de los autores que conforman cada corriente teórica, estudiando aquellas principales en las que el tema de la violencia se encuentra más presente o es más abordado. Así, en cuanto al marxismo, los autores a partir de los cuales realizo el análisis serán Marx y Engels como padres fundadores del socialismo científico, pero también Lenin, como el autor que le da un enfoque más completo a las obras del marxismo, especialmente en lo relativo a la teoría del Estado y el papel de la violencia tanto en el momento de la revolución socialista como una vez tomado el poder político por parte del proletariado, haciendo un mayor hincapié en el uso de la violencia. Las obras analizadas en la parte correspondiente a la tradición marxista son El Manifiesto Comunista, Anti-Dühring, El Estado y la revolución, así como otras obras clásicas del marxismo-leninismo. En cuanto al sindicalismo revolucionario de George Sorel, sus aportaciones y su tematización de la violencia aparecen recogidas en una recopilación de artículos que vio la luz bajo el nombre de Reflexiones sobre la violencia, donde se encuentran diferentes aspectos relacionados con la violencia, así como también un anexo en el que el autor francés defiende a Lenin. Este último punto sirve como conexión entre las dos partes del trabajo, permitiendo entablar una discusión teórica sobre las similitudes y/o diferencias que puede haber en la manera en que se concibe la violencia en cada una de las dos corrientes teóricas.
De esta manera, el trabajo que se expone a continuación se vertebra en dos partes: una relativa a la violencia en la tradición marxista y otra en la que se desarrolla la concepción de la violencia de Sorel y la ambigüedad en su obra, que le posiciona a caballo entre varias teorías políticas. En la primera, expongo la violencia que se encierra en el Manifiesto Comunista, para posteriormente completar la visión marxista de la violencia con la relación que mantiene esta con el factor económico. Por último, y como ya se ha mencionado, Lenin termina de completar la labor violenta de la revolución y del ejercicio de poder del proletariado al implantar su dominación. Por el otro lado, en la segunda parte pretendo presentar una visión más concisa sobre cómo se tematiza la violencia en la obra de Sorel y el sindicalismo revolucionario, teniendo en cuenta como se legitima la violencia como una expresión natural de la lucha de clases en contra de los prejuicios morales establecidos por la filosofía burguesa, además de una explicación sobre cómo se lleva a la practica la violencia a través de la huelga general proletaria. Aquí toma importancia el papel de los mitos como el mecanismo que posibilita las acciones revolucionarias en la teoría del sindicalismo revolucionario. Por último, parto de las tesis expuestas por Zeev Sternhell en El nacimiento de la ideología fascista para comprender la relación de connivencia que existió entre el sindicalismo revolucionario, la figura de George Sorel y las corrientes teóricas nacionalistas y fascistas o prefascistas que surgieron a inicios del siglo XX.
Con todo ello, lo que pretendo aportar es una tematización de la violencia en estas dos corrientes revolucionarias, estableciendo más comprensiblemente que legitimación, justificación y alcances o límites puede tener la violencia en cada uno de los casos, exponiendo de donde surge la violencia en cada teoría y a que circunstancias o fenómenos responde, cual es la manera de ejecutarla y que alcance posee. Esto puede permitir entender mejor la obra de Sorel a medio camino entre diferentes teorías políticas y filosóficas, así como en qué medida está conectado con el marxismo y que rasgos comparte con Lenin, quien puede ser entendido como la conexión entre dos momentos de la teoría revolucionaria. A menudo, al tratar a Sorel, se ha centrado la mirada en su conexión con el fascismo –Sternhell y Lukács son dos de los autores que han tratado esta cuestión-, sin embargo, también existe una relación con la teoría marxista en su obra, una dimensión que resulta interesante y paradójica. Esto es lo que sirve como el hilo de unión de las dos partes en las que queda estructurado el trabajo, al haber en Lenin un énfasis y una obsesión en el uso y el papel de la violencia que puede encontrar conexión con la apología y la visión de Sorel.

  1. La violencia revolucionaria en la tradición marxista
En la tradición marxista clásica -considerando como tal las obras de Marx, Engels, y Lenin- la violencia es un elemento clave en la doctrina revolucionaria que se desarrolla entre la segunda mitad del siglo XIX y principios del siglo XX. Si bien es cierto que la cuestión de la violencia no es abordada directamente en los escritos de estos autores a través de llamamientos o apologías de la misma, su presencia en todo el aparato teórico que construyen es evidente, jugando un papel fundamental en la teoría marxista. Aunque cada autor del marxismo clásico concibe y aporta al concepto de violencia algo propio, se construye una visión conjunta de la violencia como potencia de la sociedad que reside en el Estado y a la que se debe contraponer una violencia revolucionaria.
Con el objetivo de una mejor lectura sobre cómo se concibe la violencia en el marxismo y como se va construyendo la idea de la violencia revolucionaria, en los siguientes apartados se estudia por separado la aportación que realiza cada uno. Para ello, se comienza abordando la propuesta conjunta de Marx y Engels -en la que se elabora una visión de la violencia que será el punto de partida para las demás aportaciones-, continuando con la relación entre la violencia y el poder con los factores económicos que expuso Engels en el Anti-Dühring y finalizando con la obra de Lenin a principios del siglo XX, como el autor que otorgó el papel central en el ejercicio de esta al Partido, entendiéndolo como la vanguardia y el dirigente/organizador de todo el proletariado, y convirtiéndose en el encargado de llevar a la praxis la teoría marxista en la primera revolución inspirada en el socialismo científico.

    1. La violencia en Marx y Engels
Para llegar a comprender cuál es el papel que juega la violencia en los escritos de Marx y Engels, primero es necesario tener presente las tesis establecidas por ambos en La ideología alemana. En esta obra, en la que los autores ajustan cuentas con el idealismo alemán de su juventud y con el pensamiento poshegeliano, y en la que esbozan las primeras tesis del materialismo histórico del pensamiento marxista (Althusser, 1972), Marx y Engels llegan a la conclusión de que no es la conciencia la que determina el ser social, sino que es el propio ser social, debido a sus condiciones reales de vida y el modo de producción material, quien determina la conciencia (Marx y Engels, 2014:21). De este principio del marxismo se deriva que todas las relaciones que se dan en la sociedad contrarias al ser humano -la tortura, la esclavitud, la violencia, etc.-, concebido este como ser supremo de la vida (Marx, 1967; citado en Molina, 1983:1), solamente pueden ser destruidas a través de acciones reales y no de pensamientos o principios ético-morales. Así, se entiende que la realidad social es contraria a los principios del humanismo no a través de pensamientos y creencias, sino de fuerzas y realidades “firmemente arraigadas, siempre operantes, en la estructura económica y social” que se desarrollan a través de “los medios de la violencia, el terror y la coacción” (Molina, 1983:2). Si contra esta realidad violenta que destruye al ser humano se contrapone una visión humanista caracterizada por principios ético-morales, el resultado será el de reforzar la situación existente. Intentar combatir la violencia imperante en la realidad social a través de principios y creencias humanistas que promuevan la no violencia solamente serviría para reproducir la misma. (Merleau-Ponty, 1968; citado en Molina, 1983:2). Esto es, como la violencia es una potencia real de la sociedad, no está fundada en pensamientos, por lo tanto, solamente se puede combatir y extirpar de la sociedad a través del mismo mecanismo: la violencia. Se trata así de un medio, “una contraviolencia […] porque pretende acabar con toda violencia, al extirpar las condiciones que la producen” (Molina, 1983:2). Pretende acabar tanto con la violencia en que consiste el capitalismo –explotación a través del trabajo asalariado, etc.- como con la violencia que se deriva del propio capitalismo –Estado coercitivo y represor, imperialismo o conquista- como resultado de las condiciones de explotación.
De este modo, podemos comenzar entendiendo que la violencia que promueve el marxismo no es una violencia que nazca de la necesidad de perpetuar un sistema socioeconómico, sino que nace fruto de la existencia de una violencia primigenia o primaria. Es, por tanto, una violencia entendida como un medio y de carácter provisional, necesaria para superar la violencia de un sistema caracterizado por los antagonismos de clase. Esta comprensión del fenómeno de la violencia es la que permite compaginar en una misma teoría la defensa de los principios humanistas, que posicionan al ser humano como ser supremo, junto con la legitimación y defensa de una práctica revolucionaria violenta -o una contraviolencia- contra las condiciones reales de la sociedad contrarias a los individuos que la forman.
En este punto es en el que la lucha de clases toma un papel relevante en la teoría marxista como el elemento que instaura la violencia primaria en la sociedad. La lucha de clases es la que permite entender qué papel tiene la violencia en la teoría marxista como respuesta a las condiciones que ejercen coacción sobre el ser humano, permitiendo conocer que legitimación y alcance tiene esta.
Ante la situación planteada, cabe señalar que entendemos cuando se habla de lucha de clases. Esta ha de ser entendida como el conflicto que existe debido al antagonismo entre dos clases sociales: entre quienes producen y entre quienes son dueños de los medios de producción. Este antagonismo es fruto del desarrollo productivo, el cual en un momento determinado de la historia genero un excedente material que supuso el comienzo de apropiaciones privadas de riqueza, instaurando en la sociedad el conflicto entre clases sociales (Engels, 2017). Significa entonces “una pugna en torno a la apropiación privada de la riqueza socialmente producida” (Zeledón y Jiménez, 2014:14). Se conforma así un modelo de sociedad en el que los intereses de una clase son contrarios a los intereses de la otra, generando una situación que establece el choque entre dos sectores de la sociedad y haciendo de la violencia un hecho cotidiano, que genera órganos coercitivos poseídos por la clase social dominante como mecanismo para perpetuar su situación de poder y dominio sobre la otra clase social.
Estos órganos de coerción y represión que se conforman a través de la lucha de clases, del choque de intereses entre quienes controlan los medios de producción y el proletariado, forman la superestructura, es decir, el Estado y el derecho (Marx y Engels, 2014). Esta superestructura tiene por labor la reproducción de la dominación de una clase sobre la otra a través de mecanismos violentos, permitiendo “entender el sentido y las formas que adquiere la violencia en un contexto de lucha de clases” (Zeledón y Jiménez, 2014:13). Así, la violencia será “encubierta y latente cuando esta lo es, y abierta cuando ella surge a la luz del día” (Molina, 1983:3), por lo que se pueden diferenciar dos tipos de violencia que operan en el Estado como mecanismos de reproducción de la dominación de una clase sobre otra: la violencia estructural y la violencia situacional. Tras la conformación del Estado como máquina de opresión que reproduce el statu quo aparece la violencia estructural, configurándose como el “orden natural de la sociedad” (Jiménez y Zeledón, 2014:13). Esta violencia estructural actúa a través de mecanismos de coacción que instauran hábitos y conductas, percibiéndose como un ejercicio pacifico en su práctica, pero violento en su contenido (Molina, 1983:3). Junto a esta violencia, también se puede distinguir un ejercicio de mecanismos violentos puntuales o situacionales, que responden a cuando esta se manifiesta como tal a través de la represión mediante intervenciones directas tales como la guerra o el encarcelamiento (Molina, 1983:3).
Este conflicto es para Marx y Engels el responsable del progreso y el avance de la historia. Esto queda reflejado en la más que conocida frase con la que ambos comienzan el primer título del Manifiesto Comunista “la historia de todas las sociedades hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases” (Marx y Engels, 2009:37). En esta enunciación se contiene todo el planteamiento marxista expuesto por Marx y Engels. Contiene la idea de que toda la historia de la humanidad ha estado regida por la lucha de clases, por un conflicto entre dos clases sociales en el que la violencia ejerce el papel de comadrona (Marx, 2017:844) al ser quien provoca el tránsito y la creación de nuevas formas de sociedad.
Hombres libres y esclavos, patricios y plebeyos, señores y siervos, maestros y oficiales, en una palabra: opresores y oprimidos se enfrentaron siempre, mantuvieron una lucha constante, velada unas veces y otras franca y abierta: lucha que terminó siempre con la transformación revolucionaria de toda la sociedad o el hundimiento de las clases en pugna (Marx y Engels, 2009:37; énfasis propio).
Esta situación de conflicto y contradicción entre sectores de la sociedad es fruto de que el modelo y el orden económico-social se vuelven inviables, no se corresponde con los frutos del proceso productivo y genera una contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción. Debido a esto, la clase dominante recurre a la violencia como forma de disuadir y evitar que se configuren nuevas formas de organización socioeconómicas como solución a esa contradicción. Contra esta violencia que ejerce la clase dominante contra el proletariado desde el Estado, es contra la que Marx y Engels plantean el uso de la violencia revolucionaria, con un papel coadyuvante en el desarrollo del proceso histórico al resolver la contradicción de manera abreviada (Molina, 1983:4). Así, la lucha de clases es la que desarrolla la historia al resolver, a través de la violencia, los conflictos existentes, originando la creación de nuevas relaciones socioeconómicas que configuran nuevos modelos de sociedad.
Mediante este proceso, la burguesía ejerció su papel revolucionario contra la sociedad feudal debido a que las relaciones de propiedad feudales ya no se correspondían con las fuerzas productivas desarrolladas (Marx y Engels, 2009:44). Se hacía necesario romper con la sociedad feudal y la burguesía, a través de la violencia, rompió las relaciones feudales. Pero este proceso de desarrollo de la historia produce un movimiento similar tras la consolidación de la burguesía como clase dominante que detenta el poder político. La burguesía, en su proceso revolucionario y en su conversión en clase dominante, generó en su seno a su antítesis: el proletariado (Marx y Engels, 2009). Se entiende por tanto el proceso dialectico expuesto por Marx y Engels en el Manifiesto, según el cual “[…] el proletariado, derrocando por la violencia a la burguesía, implanta su dominación (Marx y Engels, 2009:53).
El proletariado, como nueva clase revolucionaria en la historia, ha de aspirar a la consecución del poder político para acabar con el modelo de sociedad burguesa, poniendo fin de esta manera a la contradicción entre clases. Y esto solo puede hacerlo a través de la violencia, ya que para Marx el poder político es “la violencia organizada de una clase para la dominación de otra” (Marx y Engels, 2009:69).
El proletariado se valdrá de su dominación política para ir arrancando gradualmente a la burguesía todo el capital, para centralizar todos los instrumentos de producción en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase dominante, y para aumentar con la mayor rapidez posible la suma de las fuerzas productivas (Marx y Engels, 2009:67).
Por tanto, si el proletariado, como nueva fuerza revolucionaria, consigue organizarse como clase dominante y controlar el poder político, podrá mediante la violencia suprimir los antagonismos de clase y, como resultado, toda violencia al eliminar las condiciones que hacen de la violencia una potencia real de la sociedad. Este fin de toda violencia se justifica al considerar Marx y Engels al proletariado como capa inferior de la sociedad (Marx y Engels, 2009:53), ya que una vez alcanzado el poder político y haber solucionado el conflicto entre clases sociales, no existirá clase inferior a la que dominar ni contra la que ejercer violencia, eliminando así los condicionantes que producían la violencia primigenia o primaria. Un mecanismo esencial para ello es la socialización de los medios de producción, al permitir acabar con la explotación –y por tanto, con la violencia en la que consiste el capitalismo- al no existir un modelo de producción basado en relaciones entre dueños de medios de producción y trabajadores asalariados. Por tanto, de esta manera dejaría de existir la explotación económica de una clase sobre otra y, por tanto, de la violencia que esta supone, al no ser necesario que en el proceso productivo halla individuos trabajando asalariadamente para los dueños de los medios de producción (Marx y Engels, 2009: página manifiesto).
De acuerdo a lo expuesto, la violencia en Marx y Engels se entiende al identificar una violencia primigenia y legitima, fruto de los antagonismos de clase y de la dominación burguesa, que ataca los principios humanistas que posicionan al ser humano como el ser superior de la vida. Ante esta violencia plantean Marx y Engels una violencia revolucionaria que puede ser concebida como contraviolencia, que no solo pretende acabar con la violencia que caracteriza a la opresión de la burguesía sobre el proletariado, sino que se dirige y tiene como objetivo poner fin a los condicionantes reales que se dan en la sociedad que posibilitan la aparición de esa violencia primaria. Pero el hecho de que se trate de una potencia real de la sociedad, basada y fundada en hechos reales y no en pensamientos o principios éticos, hace imposible acabar con la violencia a través de discursos o planteamientos humanistas morales. El humanismo necesita entonces de la violencia para abrirse paso en un mundo donde esta impera (Molina, 1983:2).
Es por tanto una violencia entendida al servicio de los ideales humanistas, una violencia que consiga situar al ser humano como la categoría más elevada de la vida y evite que se desarrollen contra él las coacciones que imposibilitan su realización. Esta concepción de la violencia no se basa en un sistema socioeconómico como la que pretende destruir, sino que existe por la presencia de la violencia primaria y es entendida como un medio provisional para superarla. No se alude a ella en términos positivos o a través de una apología de la violencia, sino que es entendida como un simple medio necesario para la consecución de un fin mayor. Trata de utilizar la violencia como medio transitorio para eliminar los condicionantes que engendran la violencia como potencia real de la sociedad. El planteamiento marxista pretende ser consciente de la realidad que describe, en la que impera una violencia estructural contra el ser humano, y asume la necesidad de combatir un fenómeno que ya existe a través del mismo, con el objetivo de terminar con los condicionantes que lo posibilitan.

    1. La teoría de la violencia y el poder en Engels: la violencia como potencia económica
La situación descrita por Marx y Engels en el Manifiesto Comunista, según la cual la historia de la humanidad ha consistido en un enfrentamiento continuo entre dos clases sociales, siempre en pugna debido a los antagonismos, fue corregida posteriormente por Engels al considerar que previamente a la aparición del Estado no se daba esta situación de enfrentamiento (Engels, 2017). Esto se produce cuando el desarrollo económico llega a tal punto que genera un excedente, dando origen a las apropiaciones privadas y, por tanto, a los antagonismos entre grupos sociales.
Con el objetivo de frenar estos antagonismos nace el Estado, pero al surgir en medio de este enfrentamiento de clases, se trata por tanto de un “Estado de la clase más poderosa, de la clase económicamente dominante, que, con ayuda de él, se convierte también en clase políticamente dominante” (Engels, 2017:229), lo que le facilita conseguir los medios para ejercer la represión y la dominación necesarias para mantener esa situación preponderante (Engels, 2017:229). Es aquí donde surge la violencia primaria que anula al ser humano y le impide realizarse, tal y como se veía en el apartado anterior, y contra la que plantean Marx y Engels la violencia revolucionaria. Pero para entender cómo es concebida la violencia revolucionaria, es necesario tener presente sobre qué bases se fundamenta la violencia primaria que surge de la conformación de una clase en clase dominante que controla el Estado.
Esta violencia de carácter primario que rige en la sociedad tras la conformación del Estado fue descrita en origen y características por Engels en su obra Anti-Dühring. La revolución de la ciencia por el señor Eugen Dühring (1878). En ella, Engels expone su teoría de la violencia y el poder como refutación a las tesis del filósofo alemán Karl Eugen Dühring, que afirmaba que la explotación del hombre por el hombre era fruto de actos políticos. Es decir, que los fenómenos económicos, como la explotación y la esclavitud, surgen y se explican únicamente a través de actos políticos, a través de actos de violencia (Engels, 2014:234), siendo hechos de segundo orden. De esta manera, Engels establece una relación directa entre los fenómenos económicos y la violencia, siendo los primeros los condicionantes de que surja en la sociedad como potencia real contra los hombres desde el poder político. Contra la tesis de Dühring, Engels expresa que la violencia no se puede entender de forma aislada como una causa pura, sino que se trata de una consecuencia de condiciones económicas.
Todo trabajador socialista […] sabe muy bien que el poder se limita a proteger la explotación, pero no la crea; que el fundamento de su explotación es la relación entre el capital y el trabajo asalariado, y que esta relación ha nacido por vía puramente económica, y no violenta.” (Engels, 2014:226).
De esta manera se concibe el poder, que no es otra cosa que violencia para Engels, como un medio que facilita la consecución de un fin: la ventaja económica y la posición dominante de una clase social como fruto de esta (Engels, 2014:235). Por ello, no se puede entender que la situación en la que la burguesía tiene la posición dominante y el proletariado la dominada sea de por razones puras, por actos políticos violentos mediante los cuales la burguesía somete al proletariado. Por el contrario, esta dominación se da debido a que existe un cierto nivel de producción y de desigualdad en la producción (Engels, 2014:235) que facilitan esa dominación sobre el proletariado. La violencia supone la necesidad de tener los medios económicos para poder ser ejercida sobre el otro. No se trata de un acto de voluntad que permite ejercer violencia y opresión, sino que se necesitan unas condiciones previas que garanticen la dominación a través de medios materiales y herramientas reales con los que ejercerlas, dependiendo así de la producción de las mismas:
el poder no es un mero acto de voluntad, sino que su actuación exige condiciones previas sumamente reales, herramientas o instrumentos, la más perfecta de las cuales supera a la menos perfecta; y que, además, es necesario haber producido esas herramientas, con lo que al mismo tiempo queda dicho que el productor de los instrumentos más perfectos de violencia —vulgo armas— vence al productor de las menos perfectas; en una palabra, la victoria del poder o la violencia se basa en la producción de armas, y ésta a su vez en la producción en general, es decir: en la “potencia económica”, en la “situación económica”, en los medios materiales a disposición de la violencia (Engels, 2014:243).
De esta relación que establece Engels entre los aspectos económicos se entiende que la clase que se haga con el dominio de la producción -el control de la producción de armas y de la producción general-, estará en condiciones de reclamar para sí el uso legítimo de la violencia (Weber, 1998:83) al ser quien domine la producción de los instrumentos que permiten ejercerla. La clase que domine el aspecto productivo tendrá los medios que le permitan ejercer la violencia y la represión desde el Estado a fin de mantener su posición privilegiada en los niveles económico, político y social, contra las fuerzas productivas que se ven frenadas por las relaciones de producción existentes y exigen un nuevo modelo de producción y distribución, es decir, un nuevo modelo socioeconómico y sociopolítico.
En resumen, Engels concibe la violencia primaria que posibilita la opresión del hombre por el hombre como un resultado de los factores económicos que establecen una situación en la que una clase se posiciona en una situación privilegiada. De esta manera, es la posesión de poder económico lo que permite que la violencia sea efectiva sobre el otro para garantizar esa dominación. El poder político descansa siempre para Engels sobre una función económica (Engels, 2014:262), lo que le permite establecer como ha variado el tipo de dominación o explotación a lo largo de la historia dependiendo de la función económica sobre la que descansaba el poder político. Diferencia así entre el Estado antiguo, donde se daba una dominación por parte de los esclavistas; el Estado feudal, que no era otra cosa sino el Estado de la nobleza para dominar a los siervos; y el Estado Moderno, del cual se sirve la burguesía para ejercer la dominación del proletariado a través del trabajo asalariado (Engels, 2014:229). De esta manera, Engels ejemplifica como todo poder político y toda violencia estructural del Estado hacia quienes domina está basado, no en una mera voluntad de someterlos -como defiende Dühring-, sino en el mantenimiento de una situación y una función económica determinada que se quiere preservar por parte de la clase dominante. Este es el papel que juega la violencia en la historia en la teoría engelsiana.
Pero junto a este papel que Engels le otorga a la violencia en la historia ligada al desarrollo económico de la humanidad, también plantea un segundo papel que puede tener la violencia. Este no es otro que un papel revolucionario, tal y como se ha analizado en el apartado anterior. Se trata de una violencia que ejerce como comadrona (Marx, 2017:844) al permitir que nazca una nueva sociedad de formas económicas y políticas que ya no se corresponden con las fuerzas de producción existentes, que rompe con el orden socioeconómico vigente para dar salida a la situación de antagonismo y establecer un nuevo modelo de producción y distribución que se corresponda con la nueva realidad socioeconómica.

    1. Lenin y el Estado como organización de la violencia
En 1917, pocos meses antes de que estallara la primera revolución inspirada en los principios marxistas, Vladímir Ilich Uliánov, conocido como Lenin, escribió El Estado y la revolución. En esta obra, Lenin, desarrolló un repaso de la teoría del Estado elaborada por Marx y Engels en sus escritos, complementando los vacíos teóricos y otorgándole al partido obrero el papel protagonista sobre la dirección y organización de la revolución como vanguardia de todo el proletariado (Lenin, 2015:70). Lenin ajusta cuentas con los socialistas de la segunda internacional por, según él, realizar una tergiversación del marxismo y vaciar de contenido la teoría sobre la extinción del Estado (Engels, 2014) y el advenimiento de la revolución que concibieron los autores del socialismo científico. Contra estas posiciones de los socialistas de la Segunda Internacional, especialmente contra Kautsky, Lenin recupera la teoría y las conclusiones sobre el Estado del marxismo, acentuando la violencia que encierra el Estado y la necesidad de su utilización como un medio para lograr su paulatina extinción una vez controlado por el proletariado (Lenin, 2017).
Lenin parte de la idea de Estado de Engels, según la cual, este no puede ser algo impuesto a la sociedad desde fuera o una imagen de la razón (Engels, 2017:226), sino que se trata de un producto de la sociedad, fruto de que el desarrollo de esta ha llegado a generar choques de intereses entre los grupos sociales hasta tal punto que es necesario un poder externo que los regule y amortigüe. El Estado para Lenin es, por tanto, “el producto y manifestación del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase” (Lenin, 2015:43). La única razón de ser de la existencia del Estado es el hecho de que las contradicciones y los choques de intereses entre clases no se pueden conciliar, siendo necesaria la actuación de un poder externo a las clases que permita –mediante la coacción, represión y violencia, como se verá más adelante- la sociabilidad entre las clases. Esta fuerza del Estado para amortiguar las contradicciones de clase está basada en el ejército permanente y la policía (Lenin, 2015:47), es decir, en el uso de la violencia. El surgimiento del Estado se debe a que la sociedad se halla dividida en clases enfrentadas, por lo que si estas se armasen se daría una lucha armada entre las mismas, razón que justifica que el Estado concentre la fuerza a través de destacamentos permanentes para evitar esta lucha (Lenin, 2015:48). El Estado es concebido, entonces, como la organización de la fuerza y la violencia “para la represión de una clase cualquiera” (Lenin, 2015:67), esto es, como un instrumento mediante el cual se posibilita el sometimiento de una clase cualquiera por otra.
Hasta aquí, únicamente se remite a la idea de Estado desarrollada por Engels y Marx, concibiéndolo como un órgano opresivo en manos de una clase dominante (burguesía) que legaliza la opresión sobre una clase dominada (proletariado) para minimizar los choques entre clases (Lenin, 2015:44). Pero Lenin evidencia y clarifica la importancia y necesidad de enfrentar a este Estado una revolución violenta. Si el estado surge debido a que las contradicciones entre las clases sociales son irreconciliables, siendo una fuerza que se encuentra más allá de la sociedad, resalta la necesidad de que se requiere oponerle, no solo la violencia (Lenin, 2015:45), sino una fuerza de destrucción tal, que permita destruir el aparato estatal de poder:
Esta marcha de los acontecimientos obliga a la revolución a “concentrar todas las fuerzas de destrucción” contra el poder estatal, la obliga a proponerse como objetivo, no el perfeccionar la máquina del Estado, sino el destruirla, el aniquilarla (Lenin, 205:75; énfasis del autor).
El propio énfasis puesto por Lenin a palabras como fuerzas de destrucción, destruirla o aniquilarla da una seña de la importancia de la violencia que se ha de ejercer por la revolución para lograr el fin de aniquilar la maquinaria estatal burguesa y de su apuesta clara por las tesis marxistas. Incluso se puede entender que Lenin aporta un mayor énfasis en la fuerza y la violencia que ha de ejercer la revolución de la que se aprecia en las obras de Marx y Engels, donde la violencia tiene un papel fundamental pero no se le da un trato tan cercano y entusiástico como realiza Lenin en algunos de sus pasajes. Quizá el hecho de que Lenin estuviera más cercano a la praxis revolucionaria de lo que lo estaban los autores del socialismo científico, quienes tenían un papel más teórico1, le hace ser más consciente del papel que tiene la violencia y la fuerza en la realidad. Pero sin duda, el hecho que justifica esta insistencia de Lenin por la violencia es su formación previa a su acercamiento al marxismo. La gran influencia de Chernyshevski2 y el populismo ruso hicieron que en Lenin estuviera presente una ideología jacobina en la búsqueda de la sociedad igualitaria caracterizada por una pasión revolucionaria y el voluntarismo (Díez del Corral, 2003:37 y 38). Esto propicio que en la doctrina de Lenin estuviera presente “la necesidad de la vanguardia revolucionaria disciplinaria” y “la creencia de que la acción (el ‹‹factor subjetivo››) podía alterar el curso de la historia” (Figes, 2000:185). De esta manera, Lenin incorporo su formación previa del populismo ruso y de la experiencia rusa cercana a la Voluntad del Pueblo a la dialéctica marxista (Figes, 2000:186).
Una vez expuesta la teoría del Estado, siguiendo los pasos dados por Engels durante finales del siglo XIX, Lenin se centra en establecer las características y objetivos de la revolución que ha de desarrollar el proletariado en su camino hacia la emancipación. En este sentido, vuelve a basarse en las teorías de Engels sobre el Estado y su extinción a través de la revolución violenta, siendo este el papel que juega la violencia en la obra de Lenin. La violencia es la que posibilita que se pueda dar comienzo a la extinción del Estado y que se transite a una sociedad en la que no se requiera del aparato estatal de poder. Pero, la cuestión es, ¿cómo posibilita la violencia la extinción del Estado? Aquí Lenin aclara que la violencia que ha de desarrollar la revolución no ha de centrarse en extinguir al Estado burgués contra el cual se enfrenta, sino que tiene que destruirlo (Lenin, 2015:58). El objetivo de la revolución no es el de la abolición del Estado, como defiende el anarquismo (Bakunin, 1985), sino la destrucción a través de una violencia tal que permita acabar con el aparato estatal burgués y sustituirlo por el Estado proletario. Esto se justifica debido a que el proletariado necesita el Estado, como medio transitorio, para acabar con la explotación a la que le somete la clase dominante, algo que solo puede hacer a través de la violencia de la que se dispone al dominar el poder político (Lenin, 2015:69).
El proletariado sólo necesita al Estado temporalmente. Nosotros no discrepamos en modo alguno de los anarquistas en cuanto al problema de la abolición del Estado, como meta final. Lo que afirmamos es que para alcanzar esta meta, es necesario el empleo temporal de las armas, de los medios, de los métodos del poder del Estado contra los explotadores, como para destruir las clases es necesaria la dictadura temporal de la clase oprimida (Lenin, 2015:116; énfasis del autor).
De esta manera, se puede apreciar la dialéctica que caracteriza a la concepción del Estado en el marxismo, siendo un fin que posteriormente se convierte en un medio para un logro mayor. Se requiere del uso de la violencia que caracteriza al Estado como organización de la fuerza y la violencia para poder acabar con él. Una vez que el Estado burgués ha sido destruido y sustituido por el Estado proletario, la violencia sigue estando presente. Es necesaria aún la represión contra la minoría que antes detentaba el poder político por parte del nuevo Estado, que tiene carácter temporal (Lenin, 2015: 155 y 156), comenzando así la extinción del aparato estatal proletario, que desaparecerá en el momento en el que desaparezcan las diferencias entre clases sociales fruto de la relación de estas hacia los medios de producción (Lenin, 2015:154). Una vez que no quede clase a la que reprimir tras la consagración del proletariado -clase inferior de la sociedad- en el poder político, la función del Estado será vacua y se terminara de extinguir al no necesitar de sus aparatos e instrumentos represivos.
En este aspecto, en el uso constante que hace Lenin del término dictadura del proletariado, podemos apreciar de nuevo el énfasis y la intensidad de lo violento en su teoría. Mientras que Marx, en Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850 (2015) el uso del término se menciona de manera más puntual y para hacer referencia al control del poder político por la clase obrera –democracia obrera-, Lenin conecta el termino con el ejercicio de la violencia que se ejerce desde el poder político de una manera más intensa, haciendo un uso sistemático del termino para referirse a la necesidad que tiene el proletariado de aplicar contra la burguesía toda la fuerza de los aparatos y mecanismos coercitivos y represores del Estado.
Por último, la otra aportación de Lenin a la teoría marxista, junto al énfasis en cómo ha de desarrollarse la revolución violenta y como se ha de ejercer la violencia desde el Estado como organización especial de la fuerza, es la centralidad del partido obrero. Si nos preguntamos quién es el encargado de poner en marcha la revolución violenta y de ejercer la violencia desde el nuevo Estado proletario, encontramos que es el partido obrero, como vanguardia del proletariado, el encargado “de tomar el poder y conducir a todo el pueblo al socialismo” (Lenin, 2015:70; énfasis del autor). Lenin otorga al partido obrero la centralidad en la praxis revolucionaria, concibiéndolo como el único actor que ha de guiar y organizar a las masas en la construcción del nuevo modelo de sociedad. El partido ejerce como maestro, dirigente o jefe de toda la clase trabajadora, proporcionando así un enfoque jerárquico a la teoría marxista a la hora de realizar la revolución, al ser el centro de la teoría revolucionaria y el responsable de destruir el Estado burgués y ejercer la violencia desde el nuevo aparato proletario hasta su extinción.

  1. George Sorel y el sindicalismo revolucionario. Teoría y apología de la violencia
Junto con el marxismo, otra de las teorías revolucionarias presentes entre finales del siglo XX y principios del XXI fue el sindicalismo revolucionario, del que el autor francés George Sorel (1847-1922) fue uno de sus principales teóricos. Esta corriente revolucionaria se caracteriza por considerar a los sindicatos como el instrumento fundamental de la lucha obrera, que a través de la acción directa y colectiva se enfrenta de forma beligerante y revolucionaria contra los patrones para conseguir sus objetivos revolucionarios tanto a corto –mejoras laborales- como a largo plazo –derrocamiento del sistema sociopolítico y socioeconómico capitalista- (van der Linden y Thorpe, 1992:4).
En relación a este trabajo, lo que se tiene en cuenta de la obra de Sorel es el papel y la importancia que juega la violencia en su teoría, siendo analizado a partir de su más celebre publicación Reflexiones sobre la violencia (2016), una compilación de artículos publicados en la revista Le Mouvement Socialiste que vio la luz en 1906. Tratar a Sorel es una tarea complicada al no presentarnos una estructura ni un método que seguir en su teoría. Tal y como señala Isaiah Berlin (2016) en el prefacio a Reflexiones sobre la violencia, “sus escritos no pasan de ser ensayos o panfletos polémicos, episódicos, desorganizados, inacabados […] ni tampoco están pensados para encajar dentro de un cuerpo doctrinal coherente y desarrollado”. Esto hace difícil el análisis de la obra de Sorel, así como poder conceptualizar la temática de la violencia en su obra y entender cómo se articula con su teoría revolucionaria.
Por todo esto, en el epígrafe que se expone a continuación se trata de abarcar el pensamiento de Sorel con el objetivo de poder presentar como se desenvuelve la violencia en su teoría, pudiendo entender qué papel juega y aportar un marco que permita acercarse a Sorel y entender la complejidad de su obra. Con este fin, a continuación se analiza la legitimidad que tiene la violencia proletaria en la obra de sorel, es decir, la moralidad de la violencia. Pero también como se articula y se ejerce la violencia en el sindicalismo revolucionario a través de la huelga general proletaria. Por último, se tiene en cuenta como hilo conector con el epígrafe anterior la defensa que hace Sorel de Lenin, a fin de poder entender las similitudes y/o diferencias que existen en la concepción de la violencia en el marxismo y en el sindicalismo revolucionario.

    1. La moralidad de la violencia
El punto de partida de Sorel es la lucha de clases como el contexto en el que el proletariado ha de llevar a cabo la acción directa para conseguir sus demandas, es “el principio de la táctica socialista” (Sorel, 2016:128; énfasis del autor), y la crítica al socialismo parlamentario. Desde este punto, Sorel realiza una crítica al socialismo parlamentario por no pensar en la insurrección y la revolución como método de acción para acabar con la lucha de clases, habiendo cambiado el fusil por el voto a los partidos socialistas para conseguir la representación y el poder político (Sorel, 2016:129-130). Esto lleva a las fuerzas socialistas a querer conseguir legislativamente la paz social, paliando y mediando desde el poder político la lucha de clases, pacificando las causas de los conflictos. Sin embargo, Sorel entiende que la burguesía se deja despojar de sus posesiones y privilegios cuando se enfrenta a la violencia y la revolución (Sorel, 2016:133). Frente a esta idea de la cobardía de la burguesía, Sorel defiende que los obreros no han de esperar favores para mejorar su situación –favores y mejoras que provengan de la acción del gobierno tras exigir sacrificios a la burguesía-, sino que tienen que ser conscientes de “la cobardía burguesa para imponer la voluntad del proletariado” a través de la acción y la violencia obrera (Sorel, 2016:145), la cual surge al mismo tiempo que la paz social apacigua los conflictos, colocando a los patronos como productores en el sistema de producción y reestructurando la sociedad de clases que se iba entremezclando. (Sorel, 2016:166). Sorel introduce aquí un primer cambio de perspectiva al incorporar elementos relacionados con la psicología, al enfrentar el rasgo de la cobardía en la burguesía a la valentía y la grandeza del proletariado
Por tanto, los socialistas deben dejar de buscar (a remolque de los utopistas) los medios de llevar a la burguesía ilustrada a preparar el paso a un derecho superior; su única función consiste en ocuparse del proletariado para explicarle la grandeza del papel revolucionario que le incumbe (Sorel, 2016:161; énfasis del autor).
A partir de la crítica a las tácticas del socialismo parlamentario y de la pacificación del conflicto a través de la consecución de mejoras para la clase trabajadora3, Sorel parte de un escenario donde la violencia del proletariado es la que permite a este imponer su voluntad y defender sus intereses. De esta manera, si la burguesía cede siempre ante las amenazas de la clase trabajadora está destinada a desaparecer con el tiempo (Sorel, 2016:146 y 147). Ahora bien, en este planteamiento aun no podemos encontrar una argumentación sobre la legitimidad de la violencia que ha de ejercer el proletariado.
De lo primero que nos avisa Sorel sobre la violencia es de que su mala concepción se debe a que la filosofía burguesa, a través de las ideas ilustradas y el progreso, amenaza la existencia de la violencia al considerarla “un residuo de la barbarie” (Sorel, 2016:149). Tal y como se ha visto más arriba, si la violencia proletaria está enfocada contra la burguesía para lograr la consecución de las demandas obreras, parece evidente que la filosofía burguesa considere como algo negativo y censurable la violencia ejercida por las masas trabajadoras. Esta concepción negativa como algo bárbaro se debe a que, cuando se piensa la violencia, se recurre a los hechos violentos que tuvieron lugar con la Revolución de 1793 en Francia, asociándola a los acontecimientos de El Terror4 que evoca a los sucesos catastróficos de la represión y la guillotina. De esta asociación vendrían los prejuicios morales contra la moral según Sorel (Sorel, 2016:176). Aquí radica el error en la consideración de la violencia, ya que en la violencia proletaria no se trata de actos de represión y salvajismo ejercidos contra los vencidos una vez que los revolucionarios toman el Estado –como fue el caso de la Revolución de 1793- (Sorel, 2016:202). Sorel defiende que la violencia proletaria no tiene ninguna relación con estos actos, tratándose meramente de actos de carácter bélico-militar que no tienen por fin ejecutar una venganza sobre los vencidos. La fuerza y la violencia, de esta manera, se desarrollan conforme a la naturaleza y no tienen por objetivo la opresión:
Las violencias proletarias […] son meros actos bélicos, tienen el valor de demostraciones militares y sirven para resaltar la división en clases. Todo lo referente a la guerra se produce sin odio y sin ánimo de venganza; en la guerra no se mata a los vencidos; […] la fuerza se despliega en ella con arreglo a su naturaleza, sin pretender nunca recurrir en absoluto a los procedimientos jurídicos que la sociedad aplica a los criminales (Sorel, 2016:199).
Esta negación de la relación que establece la filosofía burguesa entre la violencia proletaria y los actos revolucionarios de 1793, permite hacer una defensa del sindicalismo revolucionario como potenciador de que los conflictos entre clases adquieran mayor carácter de lucha, intensificando la lucha de clases como mecanismo para acabar con la violencia (Sorel, 2016:199). Aquí parece radicar una de las diferencias con Lenin y el marxismo, ya que Sorel no hace una defensa del uso de los aparatos estatales, por parte del proletariado, como medio a través del cual ejercer la violencia y la represión para solucionar las contradicciones entre clases sociales que se dan en la sociedad5.
En este mismo sentido, el problema de que la violencia se conciba como un residuo de la barbarie y se la considere inmoral no solo deriva de esta relación que hace la burguesía. Sorel achaca la inmoralidad que se le otorga a la violencia a dos prácticas que han sucedido desde el siglo XVIII en adelante y que han hecho que toda la violencia se considere como un acto inmoral, sin hacer una distinción entre diferentes violencias. La primera de estas prácticas se debe a la desaparición de la brutalidad y la violencia en el sistema educativo público, donde se eliminaron los castigos corporales (Sorel, 2016:293), y a la eliminación de estas mismas prácticas en el ámbito laboral debido a la dominación de las costumbres liberales, ya que, con anterioridad, las costumbres en los gremios se caracterizaban por una gran brutalidad ejercida por los oficiales (Sorel, 2016:295). Debido a esto, se ha producido una generalización: al considerar la eliminación de las practicas violentas y las brutalidades como algo positivo, se ha llegado a la conclusión de que toda la violencia es negativa y, por tanto, inmoral, sin parar a pensar que es lo reprochable de la brutalidad (Sorel, 2016:296). Por ello, la transformación moral en cuanto a la violencia se debe a un cambio en el ámbito criminal y no en el mundo ético-político.
[…] Nuestras ideas acerca de la desaparición de la violencia dependen en mucha mayor medida de una transformación muy importante que ha tenido lugar en el mundo criminal, que no de principios éticos (Sorel, 2016:296).
En segundo lugar, la violencia se concibe como inmoral y negativa debido a un cambio en la percepción de los delitos por parte de la población. Esto ha llevado a la idea de que los delitos de índole económica o astucia cometidos por la clase dominante –especulación, perdidas de dinero, fraude, etc.- se consideran accidentes que pueden suceder sin que se entiendan graves, mientas que los delitos o actos corporales de brutalidad se consideran más graves (Sorel, 2016:298). Con la combinación de estos dos sucesos, la violencia ha pasado a ser considerada como un residuo de la barbarie por la filosofía burguesa y se la concibe moralmente inaceptable en todas sus manifestaciones.
Atendiendo a lo expuesto sobre la moralidad de la violencia, no encontramos en Sorel argumentación moral que permita legitimar la violencia proletaria que plantea el sindicalismo revolucionario. Sorel se centra en señalar de donde proviene el rechazo a todo tipo de manifestaciones violentas, pero no contrapone de manera estructurada y clarificadora por qué la violencia proletaria y la acción violenta de los obreros asociados en sindicatos son legítima y moralmente aceptable. Únicamente se remite a afirmar que la acción directa y bélica de los sindicados de trabajadores potencia la lucha de clases, permitiendo que la división de clases sea más pronunciada. La violencia se entiende solamente como una pura y simple manifestación del sentimiento de lucha de clases, que se despliega de forma natural, sin estar viciada de ninguna de las características que se le asocian por la moral burguesa derivadas de las acciones de los revolucionarios franceses de 1793 (Sorel, 2016:174). La violencia proletaria es entendida en Sorel como una necesidad histórica, un acto heroico que “puede salvar al mundo de la barbarie” (Sorel, 2016:175), pero carece de una legitimación más profunda que sirva de contrargumento a las acusaciones de inmoral y bárbara.

    1. El mito de la huelga general proletaria
El tema de la violencia en la teoría soreliana, entendida como una necesidad histórica y que Sorel despoja de toda condena moral, legitimándola como una mera fuerza natural del proletariado, está relacionada con la idea de la huelga general. La violencia proletaria se enmarca dentro de la noción de huelga general, en la cual se encierra todo el socialismo (Sorel, 2016:204). Los sindicatos han de llevar a cabo su papel revolucionario a través de acciones que conduzcan a la huelga general, considerando cada “huelga como una imitación reducida, un ensayo, y una preparación para la gran convulsión final” (Sorel, 2016:204).
Esta apuesta firme por la huelga general, como el marco en el cual se desarrolla la violencia proletaria y en la que se encierra toda la idea de socialismo que han de tener las clases trabajadoras, permite para Sorel diferenciar entre el socialismo revolucionario y los socialistas parlamentarios. Aunque la lucha de clases se mantiene en el discurso de los segundos, solamente lo hace de manera simbólica y discursiva, rechazando la noción de huelga general como mecanismo de lucha del socialismo. Este rechazo del socialismo parlamentario a la huelga general se debe a que, esta última, no atenúa las diferencias y oposiciones entre clases, sino que las saca a relucir (Sorel, 2016:207). Se trata, por tanto, de una estrategia contraria a la paz social y la atenuación de los conflictos sociales que promulga el socialismo parlamentario. Aquí es donde cobra fuerza la idea de huelga general como herramienta para destacar los grupos que se enfrentan entre sí en la lucha de clases, surgiendo el mito de la huelga general. De la crítica al uso de conceptos revolucionarios y marxistas por parte de los socialistas parlamentarios únicamente en el lenguaje, la huelga general se concibe como un conjunto de imágenes que generan en el proletariado sentimientos y emociones que permiten dar como resultados los efectos anteriormente descritos, al representar la acción inmediata a través de imágenes de grandes batallas que posibilitaran el triunfo del proletariado (Sorel, 2016:97). Por ello, el sindicalismo revolucionario concentra toda la estrategia socialista en la huelga general (Sorel, 2016:208), pero a diferencia del marxismo, no enfrenta el socialismo al sistema y la sociedad capitalistas, sino que lo hace contra la “sociedad moderna”. Esto supone un segundo cambio de perspectiva al introducir un cambio conceptual muy importante. Esto tendrá unas papel muy significativo en la ambigüedad teórica de Sorel, tal y como se verá en el cuarto epígrafe.
[…] el mito en el cual el socialismo entero está encerrado; es decir, una organización de imágenes capaces de evocar de manera instintiva todos los sentimientos que corresponden a las diversas manifestaciones de la guerra entablada por el socialismo contra la sociedad moderna (Sorel, 2016:214; énfasis del autor).
Así, la huelga general es una construcción mental que permite desarrollar los movimientos proletarios al sacar a la luz las oposiciones entre las clases sociales. Para Sorel, estos mitos tratan un porvenir indeterminado, y descarta que centrarse en construir luchas futuras y la derrota del capitalismo puede conducir a la utopía –la utopía es considerada por sorel como un elemento reaccionario y reformista al presentar ““un falaz espejismo del porvenir” (Sorel, 2016:215)-. Es necesario abandonar el presente y tratar el porvenir indeterminado. Esto tiene gran eficacia según la naturaleza del mito, cuando se trata de mitos que representan “las más fuertes tendencias” de pueblos, partidos o clases, y que otorgan esperanzas para la acción inmediata (Sorel, 2016:211). Se descarta evaluar la eficacia de los mitos por la construcción futura de las luchas que hace, teniendo en cuenta solamente la capacidad de esa construcción de imágenes de las luchas que se han de librar sobre el presente. Solo importa el mito en su totalidad, no como transcurrirán esos acontecimientos o como se ejecutaran materialmente (Sorel, 2016:212), por lo que el mito se construye y se concibe de manera indivisa en la teoría de Sorel. Ha de ser tratado como un conjunto en el que no se analicen sus partes o su ejecución futura, sino únicamente que incidencia tiene ese conjunto en el presente para desarrollar las acciones inmediatas del proletariado a través de la lucha sindical. Se da, por tanto, un papel fundamental al aspecto emotivo y sentimental en el sindicalismo revolucionario, dejando de lado los principios materialistas del marxismo y optando por aspectos más irracionales a la hora de motivar las luchas proletarias. Aun así, esta visión de la huelga general como mito que actúa sobre las acciones presentes del sindicalismo revolucionario, según Sorel, sirve para completar el marxismo, cuyos principios no se pueden entender si no es teniendo presente la idea de la huelga general (Sorel, 2016:220). La noción de la huelga general hace que se mantenga la vitalidad del socialismo al evitar que se establezca la paz social como solución a los conflictos de clases, es decir, “que la escisión [de clases] nunca corre peligro de desaparecer (Sorel, 2016:223; énfasis propio).
En este punto, sobre el mito de la huelga general, es necesario atender a la distinción que Sorel establece entre huelga general proletaria y huelga general política. Ante la huelga general proletaria, que atemoriza a los políticos al estar protagonizada por “organizaciones puramente proletarias” (Sorel, 2015:245), estos optan por apartar a los proletarios de las movilizaciones, situando la acción en la huelga general política. A diferencia de la huelga general proletaria, que se ha de concebir como un todo indiviso, la huelga general política se caracteriza por aprovecharse de coyunturas de rebelión para paralizar la producción a ordenanza del partido y que esta cese cuando el gobierno, puesto en entredicho, acuerde un pacto con el partido (Sorel, 2016:248-249). Por ello, la huelga política se entiende como una combinación de elementos, que produce una mezcla entre la rebelión económica y elementos ajenos a la economía (Sorel, 2016:253). De esta manera, los sindicatos pasan a estar centralizados y controlados por los intereses de los políticos, desechando la autonomía y la capacidad de acción del sindicalismo revolucionario y evitando los estallidos de violencia proletaria que ponen en peligro el orden social existente.
Además, esta huelga general política no contiene en si la idea de lucha de clases, ya que este tipo de estallidos se pueden producir independientemente de la estructura social (Sorel, 2016:254); como tampoco se la puede considerar revolucionaria al tener organizaciones que controlan e impulsan a los sindicatos conforme a los intereses políticos:
[…] la huelga general sindicalista no sería ya toda la revolución, se crean organismos al lado de los sindicatos; como la huelga general no es más que un detalle sabiamente combinado con otros muchos incidentes que hay que saber desencadenar en el momento oportuno, los sindicatos deberían recibir el impulso de los comités políticos, o por lo menos actuar perfectamente de acurdo con los comités que representan la inteligencia superior del movimientos socialista (Sorel, 2016:155).
Mediante este tipo de huelga, el proletariado se vuelve para Sorel una “masa gobernada” que no es consciente de los mecanismos que podrían mejorar su situación, creyendo que solamente a través de utilizar el Estado para apretar a la burguesía puede conseguirla, lo que lleva a la envidia y la venganza (Sorel, 2016:262), y por consiguiente, a actos violentos que no se encuadran dentro de la violencia proletaria tal y como se concibe en la teoría soreliana.
Esta diferenciación entre la huelga general proletaria y la huelga general política permite establecer una diferenciación entre fuerza y violencia. Aunque a menudo se pueden emplear indistintamente, Sorel plantea una diferencia para evitar ambigüedades. Así, la violencia únicamente ha de ser usada para los actos de rebelión, y no para actos de autoridad, a los que correspondería adjudicar el concepto de fuerza (Sorel, 2016:271 y 272). La fuerza cumple con el objetivo de imponer o mantener un orden social, mientras que la violencia “tiende a la destrucción de ese orden” (Sorel, 2016:272). Esta diferenciación permite asignar cada concepto a cada una de las dos modalidades de huelga: la huelga general política se llevaría a cabo mediante la fuerza, mientras que la huelga general proletaria lo haría a través de la violencia, pretendiendo derribar todo el orden social y estableciendo formas de trabajo más allá del Estado. En este punto es donde entra otra de las diferenciaciones con la visión marxista ya analizada, en cuanto no se concibe la idea de ejercer la fuerza para instaurar el orden social proletario, sino que solamente se tiene como objetivo la destrucción del orden social burgués como meta del sindicalismo revolucionario. Sorel rechaza las tesis de que el proletariado tenga que “adquirir la fuerza” y utilizarla para establecer un Estado socialista (Sorel, 2016:277), posicionándose un poco más cerca de tesis anarquistas, aunque tampoco puede ser enmarcado en este marco ideológico. Esta diferencia se aprecia durante todo el contenido del trabajo, y tal y como se exponía en la introducción de este epígrafe, hace que sorel sea difícil de abordar y de ser adscrito a una corriente de pensamiento de manera clarificadora.

    1. Sorel y la defensa de Lenin
En 1919, Sorel incluyo un apéndice a la cuarta edición de Reflexiones sobre la violencia en las que, a raíz de los acontecimientos de la Revolución Rusa de 1917, realizaba una defensa de Lenin como líder del bolchevismo. En esta nota, Sorel parece dejar de lado algunos de sus postulados expresados sobre la violencia, al defender la república de los soviets, así como la fuerza y violencia que esta ejercía desde el aparato Estatal.
Recordemos que, en la visión de la violencia de Sorel, no se encontraba la noción de hacer uso del Estado como herramienta de represión, tal y como sucede en la tradición marxista. En sus Reflexiones sobre la violencia, se rechaza la idea de que el proletariado tenga que “adquirir la fuerza […] (y) valerse de ella igual que la burguesía lo ha hecho y desembocar en un Estado socialista que sustituya al Estado burgués” (Sorel, 2016:277; énfasis propio). Esta idea contrasta con la idea marxista acerca de la necesidad de usar el Estado como medio transitorio, es decir, la necesidad de que el proletariado controle el poder político (Marx y Engels, 2009:69). Esta idea es retomada con mayor fuerza y desarrollada por Lenin, al defender que “la doctrina de la lucha de clases, […] conduce necesariamente al reconocimiento de la dominación política del proletariado, de su dictadura” (Lenin, 2015:69) y la necesidad de la represión contra la minoría que antes detentaba el poder a través de una maquinaria especial (Lenin, 2015:156).
En este punto, como ya se ha mencionado con anterioridad, Sorel parece estar más cerca de las tesis anarquistas sobre la abolición del Estado burgués como resultado de la violencia que de las tesis marxistas .Aun con esto, Sorel no vacila en otorgarle a Lenin el papel de mayor teórico del socialismo, después de Marx, y el de un Jefe de Estado con gran genio (Sorel, 2016:418). No vacila en defender los actos violentos y represivos que el Estado Soviético estaba llevando a cabo ante la amenaza de actos terroristas y el bloqueo de las potencias occidentales (Sorel, 2016:424).

  1. La cercanía de Sorel al fascismo. Las tesis de Zeev Sternhell
La obra de Sorel abre un paso a las teorías fascistas y nacionalistas que tuvieron lugar a principios del siglo XX en Europa, principalmente en Francia e Italia. Todo ello parte de su revisión del marxismo, al cual se adhirió a finales del siglo XIX y el cual considero incompleto e inacabado por Marx, proponiéndose como objetivo complementar las teorías marxistas (Sorel, 1897:14 y 15; citado en Sternhell, 1994:58). En esta labor de complementar el marxismo, Sorel realiza una revisión antimaterialista que le lleva a rechazar algunos de los principios básicos del marxismo, y que serán la puerta a la connivencia de su teoría con el nacionalismo y el fascismo.
En esta revisión, Sorel llega al punto en el que rechaza principios tan básicos como la teoría del valor y el plusvalor, renunciando así a un aspecto tan básico del marxismo como la socialización de la propiedad (Sternhell, 1994:59). Así, Sorel termina realizando una revisión de la económica marxista6, llegando a realizar una defensa de la propiedad privada (Sorel, 1922:138-141; citado en Sternhell, 1994:61). Como resultado de esto, no está en condiciones de oponer al capitalismo un modelo socialista, solamente asume del marxismo la noción de lucha de clases, de guerra entre el proletariado y la burguesía (Andreu, 1935; citando en Sternhell, 1994:117). Durante toda su obra de las Reflexiones sobre la violencia, los ataques del sindicalismo revolucionario que defiende no se dirigen contra el sistema capitalista, sino contra la burguesía, la filosofía burguesa y la sociedad moderna. Al fin y al cabo, el socialismo que defiende no pone en tela de juicio, como se desprende del análisis que realiza Sternhell, ni la propiedad ni el modelo económico liberal, sus esfuerzos se centran en combatir lo que para él es la lacra de la sociedad moderna: la democracia liberal y la burguesía.
Al abandonar los principios marxistas y no oponer al modelo capitalista una alternativa socialista, la teoría de Sorel y su violencia proletaria se centran únicamente en la destrucción de la democracia liberal burguesa. Esto hace que durante su trayectoria ponga el foco en diferentes políticos y teóricos según estos suponen una amenaza para su enemigo, por ello pasa de abrazar el bolchevismo a la ideología de Acción Francesa según el momento (Maulnier, 1936:373; citado en Sternhell, 1994:117). Este marco teórico es lo que posibilita que su obra y sus reflexiones sobre el uso de la violencia puedan ser adoptadas por grupos políticos de ideología conservadora, nacionalista y prefascista a comienzos del siglo XX. El hecho de que el único enemigo a enfrentar sea la burguesía, la sociedad moderna que representa esta y la democracia liberal, hacen que diferentes ideologías tengan un objetivo común.
[…] la Revolución que propugna (Sorel) nunca afecta a los fundamentos de la económica capitalista. El anticapitalismo soreliano se limita estrictamente a los aspectos políticos, intelectuales y morales del sistema liberal y burgués; nunca se plantea impugnar los cimientos, los principios, los engranajes de la competencia de la económica capitalista (Sternhell, 1994:132; énfasis propio).
A todo esto se le suma la presencia en la teoría soreliana de los mitos como conjuntos de imágenes de batallas heroicas que despiertan en el proletariado los sentimientos y emociones necesarios para iniciar la acción inmediata, lo que le aporta un mayor carácter de irracionalidad7 a su teoría. Al movilizar a través de los mitos, se apuesta por una revolución de carácter emocional y espiritual, una “Revolución […] de un antirracionalismo profundo” (Sternhell, 1994:133). Esto es lo que propicia que la teoría sobre la violencia de Sorel resultase tan atractivas para personalidades de los entornos conservadores y prefascistas, así como que Sorel se sintiera, según las circunstancias, próximo a movimientos nacionalistas y fascistas en la medida que estos supusieran un peligro contra la democracia liberal burguesa.

  1. Conclusiones
En este trabajo he intentado realizar una tematización directa del fenómeno de la violencia en las teorías políticas revolucionarias de finales del siglo XIX y principios del XX. Más concretamente, del papel de la violencia dentro del marxismo y del sindicalismo revolucionario, presentando una discusión teórica sobre cómo es entendida y concebida en cada una de las dos corrientes revolucionarias a partir de las obras de sus escritores más representativos. La discusión se ha orientado a poder entender de manera más clara y precisa que posición ocupa la violencia en cada una de las corrientes, como aparece o se legitima y como se lleva a cabo. Así mismo, esto permite poder entender la evolución en el pensamiento revolucionario de la época y las mutaciones que se producen en el pensamiento de la violencia, pudiendo establecer una conexión entre Sorel y el marxismo a partir de Lenin por la introducción de aspectos psicológicos y emocionales que le aportan un énfasis a la concepción de la violencia.
En esta discusión se puede apreciar una evolución en el pensamiento sobre la violencia en el marxismo desde los escritos iniciales de Marx y Engels hasta los aportes de Lenin en vísperas de la Revolución de octubre de 1917. La violencia comienza siendo entendida en el marxismo como un medio de carácter provisional, como una contraviolencia que permite extirpar de la sociedad una violencia primigenia que es una potencia real de la sociedad, por lo que no se la puede combatir a través de principios ético-morales. Se trata del uso de la violencia como una necesidad para combatir una violencia previa ya existente que perpetúa un sistema socioeconómico, es decir, la violencia en que consiste el capitalismo y la que deriva del capitalismo. Esta violencia que se ha de combatir desde el marxismo surge de la lucha de clases, del conflicto derivado de las contradicciones entre clases sociales y que es el motor de la historia y el progreso, siendo la violencia la responsable de coadyuvar al desarrollo histórico al resolver las contradicciones de forma abreviada y dando lugar a la creación de nuevas sociedades y relaciones socioeconómicas. En este primer momento, en el marxismo la violencia se entiende dentro del proceso dialectico como el medio que permite que el proletariado derroque del poder político a la burguesía e implante su dominación como clase, eliminando las contradicciones de clase y toda la violencia, al ser estas las condicionantes de la violencia existente en la sociedad.
Más adelante, Engels le aportara a la concepción de la violencia en el marxismo una conexión más profunda con los elementos económicos, permitiendo entender cómo se fundamenta la violencia primaria fruto de que una clase dominante controle el Estado para reprimir a la clase inferior. Esta violencia está relacionada directamente con fenómenos económicos y no puede ser entendida al margen de estos de manera aislada. La violencia en el marxismo pasa a ser consecuencia de condiciones económicas, lo que supone tener los medios económicos para poder ejercerla. Por último, Lenin será quien introduzca el cambio más sustantivo en lo que se refiere a la violencia en el marxismo, aunque sigue concibiéndola en la línea de Marx y Engels. Fruto de la influencia del populismo ruso, se observa como en Lenin hay una dimensión que apela con mayor énfasis e intensidad a la violencia y a su uso una vez conquistado el Estado, tanto léxica, como normativamente. Es muy destacable el uso insistente que hace del concepto dictadura del proletariado para encuadrar el carácter violento que ha de tener el Estado socialista en la represión hacia la burguesía a fin de acabar con la lucha de clases. Por tanto, aunque Lenin parte de las concepciones sobre la violencia del marxismo, realiza una intensificación de lo violento que hace que tome un papel más importante del que se aprecia en las obras de Marx y Engels.
En relación a esta interpretación de la violencia en el marxismo, se puede apreciar que esta no tiene asignados valores positivos y/o negativos, simplemente es entendida como un medio para un fin mayor. Se busca utilizarla como medio transitorio y provisional para la consecución de la eliminación de los condicionantes –de los fenómenos económicos, según Engels- que la engendran. No se da una apología de ella, sino que el marxismo es consciente de que se trata una potencia real de la sociedad que solamente puede ser combatida a través de la misma ley que se pretende eliminar. Aun así, en Lenin esta visión adquiere un carácter más importante y se hace un uso más intenso y constante de la necesidad de emplearla. Este aspecto es el que atrae a Sorel hacia Lenin, ya que la intensidad y necesidad que le concede Lenin a la violencia se ve aproximada al ideal soreliano de la violencia como una manifestación natural de la lucha de clases, siendo despojada de todos los prejuicios morales de la sociedad de principios del siglo XX. Sorel entiende la violencia proletaria como una necesidad histórica que puede salvar al mundo, realizando una apología de una violencia que no esté dirigida hacia la represión y la venganza sobre los vencidos, sino que únicamente tiene como objetivo la destrucción del orden existente. Así, por medio de la huelga general proletaria y de los mitos de grandes batallas, los sindicatos y la masa obrera han de ejercer la acción directa y bélica contra el orden existente a fin de destruirlo, pero sin la pretensión conquistar el poder y de ejercer la violencia desde el aparato Estatal. Aunque en otro marco ideológico, se aprecian aquí connotaciones de carácter anarquista en el sorelismo, al no tener la intención de utilizar los apartados estatales, sino solamente destruir el Estado.
El pensamiento revolucionario de Sorel sobre la violencia, en cambio, evoluciona hacia una apología de la violencia como mecanismo para destruir, no el sistema y la sociedad capitalista como en el marxismo, sino la sociedad moderna. Es decir, Sorel acaba teniendo como enemigo los valores modernos y liberales que representa la democracia liberal burguesa. A diferencia de Lenin, que intensifica el recurso a la violencia para destruir el Estado y el sistema capitalista, oponiendo el Estado Socialista, Sorel se va distanciando del objetivo de la destrucción del capitalismo como sistema socioeconómico, acercándose a cualquier corriente que proponga la destrucción de la sociedad moderna, ya sea el Estado bolchevique de Lenin o las teorías prefascistas francesas e italianas. Sin embargo, aunque Lenin en su intensificación y su énfasis por la violencia no llega tan lejos como para poder atisbar ambigüedad en sus planteamientos, si se puede establecer una diferenciación entre la violencia de Lenin y Sorel con la de Marx y Engels. En los dos primeros autores se produce una mutación del pensamiento revolucionario marxista sobre la violencia a través de la intensificación del conflicto y el énfasis, de la mano de la introducción de aspectos emotivos y psicológicos en la necesidad de utilizar la violencia como medio destructor, mientras que en los escritos de Marx y Engels encontramos una violencia racionalizada, carente de valores positivos o negativos y de una asociación con emociones y sentidos valorativos.
Más que similitudes entre la concepción de la violencia en Lenin y Sorel, lo que se produce es un acercamiento de Sorel a Lenin al incluir este aspectos de intensidad y de énfasis en la violencia y la represión de la burguesía. Aun con la diferencia importante sobre el uso del Estado como mecanismo de represión una vez controlado el poder político por el proletariado, Sorel parece pasar por alto esta contradicción con su pensamiento para defender y apoyar a Lenin en su lucha contra la burguesía. Esto demuestra que Sorel se acerca a cualquier teoría que contraponga contra la sociedad moderna burguesa la violencia como medio destructor, pero está alejado de plantear la destrucción del sistema capitalista. Por ello, al igual que a Lenin, se siente cercano y próximo a teorías prefascistas que también buscan la destrucción de la sociedad moderna y de la democracia liberal burguesa. Aunque ambos pueden tener aspectos comunes en la consideración de la violencia al intensificar los elementos violentos, Lenin se mantiene dentro de la dialéctica marxista al contemplar la violencia como medio para la consecución de la sociedad comunista como sustitución de la sociedad burguesa. Sin embargo, Sorel solamente plantea la violencia como una respuesta natural contra la filosofía y la sociedad burguesa, sin plantear un cambio real de las estructuras económicas capitalistas. Sorel es un renegado de la modernidad y el liberalismo que busca destruirla al precio que sea, ya sea alineándose con las tesis marxistas o con tesis conservadoras y prefascistas según las circunstancias. Esto es lo que provoca en su pensamiento una ambigüedad que no se encuentra en la concepción de la violencia marxista.
Como corolario, en la concepción marxista de la violencia se pueden apreciar aspectos de carácter más racional, mientras que en el sindicalismo revolucionario y el sorelismo adquiere aspectos más irracionales fruto del declarado cariz antirracionalista y antimaterialista de Sorel, apelando a elementos psicológicos y emocionales a través del papel que se otorga a la figura de los mitos. Por tanto, más que similitudes sobre el papel que juega la violencia en estas dos teorías revolucionarias, existen diferencias de gran importancia como el uso del Estado como mecanismo para ejercer la violencia tras la revolución. Lo que puede conectar a ambas teorías es ese acercamiento mencionado de Sorel a Lenin por la intensidad y el énfasis que este último le otorga al ejercicio de la violencia contra la burguesía. De esta manera, el trabajo permite conocer cómo se desenvuelve el tema de la violencia en cada una de las dos corrientes analizadas, abordando la conexión de Sorel en una dimensión poco afrontada en la teoría política como es su conexión con las teorías marxistas.

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1 Con esto no afirmo que Marx y Engels estuvieran alejados de toda realidad práctica. Si bien participaron en la Revolución de 1848 de primera mano, su cercanía con los movimientos proletarios no se dio en un contexto tan violento como el que se vivía en Rusia en 1917, tras la Revolución de Febrero y en pleno desarrollo de la I Guerra Mundial, cuando Lenin desarrolla El Estado y la revolución. Esto es lo que entiendo que puede ser un elemento que hace a Lenin tener un mayor énfasis en la violencia y en expresiones como las citadas.
2 Para una mejor comprensión del pensamiento de Chernyshevski y su influencia en Lenin véase Lenin, una biografía de Robert Service (2001)
3 Para una mejor explicación de la crítica al socialismo parlamentario y a la estrategia de pacificación de los conflictos de clase, véanse los capítulos I. Lucha de clases y violencia y II. La decadencia burguesa y la violencia de Reflexiones sobre la violencia, George Sorel (2016).
4 Periodo de la Revolución francesa entre 1793 y 1794 caracterizado por la represión por parte del gobierno revolucionario a través del terrorismo de Estado.
5 Las diferencias entre el planteamiento de Sorel y el marxismo, expuesto en el epígrafe I. La violencia en el marxismo, se analizarán de manera más desarrollada en las conclusiones.
6 No me detengo a explicar con mayor precisión las revisiones y consideraciones que hace Sorel sobre los aspectos económicos marxistas al no ser la parte económica el aspecto central de este trabajo. Para una mayor profundización véase el capítulo 1. George Sorel y la revisión antimaterialista del marxismo de El nacimiento de la ideología fascista, Zeev Sternhell (1994).
7 Una crítica general a la deriva antirracionalista que se produce en el pensamiento filosófico y político desde el siglo XVIII puede encontrarse en El asalto a la razón. La trayectoria del irracionalismo desde Schelling hasta Hitler, de Georg Lukács (1975).