martes, 19 de abril de 2016

Tan cerca y tan lejos...

Reseña de: Jorge MORUNO. La fábrica del emprendedor. Trabajo y política en la empresa-mundo. Madrid: Akal, 2015.
Tan cerca y tan lejos...
Gustavo Hernández Sánchez
Grupo de Estudios Culturales A. Gramsci

            Escribir una reseña sobre la obra de quien podría considerarse de alguna manera un enemigo político, enemigo por decirlo de algún modo -ya que considero que es más lo que nos une que lo que nos separa, a pesar de estar coyunturalmente en trincheras separadas-, entraña dos dificultades: la primera, la tendencia que consciente o inconscientemente me empujará a ser hipercrítico con dicha obra, a desdibujar cualquier pequeño defecto y agrandarlo y deformarlo para señalar hasta qué punto se equivoca el autor o bien a poner énfasis en aquello que nos separa por encima de lo que nos une; la segunda, la de que cualquier crítica que pueda hacerle, por bien fundamentada que esté, sea leída en términos de dicho enfrentamiento y no tenida en cuenta. Espero poder salvar estos dos grandes obstáculos y que la reseña sirva para generar debate sobre dos puntos de vista muy similares, pero no iguales. Vaya por delante mi profunda admiración hacia la obra de Jorge Moruno, responsable del área de argumentario y discurso de PODEMOS -cuyos buenos resultados pragmáticos resultan evidentes-, así como mi interés personal por buscar caminos que nos encuentren, y en los que me encuentre también con aquellos amigos y compañeros de dicha organización política con los que estoy seguro de que comparto un imaginario similar, un interés común. De buscar y encontrar estos espacios comunes trata el Grupo de Estudios Culturales A. Gramsci, en el que participan personas de diferentes organizaciones políticas.
1. El libro
            La obra de Jorge Moruno sitúa la "economía de la deuda" como el elemento central de la servidumbre contemporánea. Traza una evolución del capitalismo desde el modelo fordista-keynesiano, implantado tras la Segunda Guerra Mundial, hasta la actualidad, en las que las claves para interpretar la realidad, desde el punto de vista del materialismo histórico son, indica el autor, otras, al menos desde la crisis de los años setenta. Dichas claves podrían resumirse en: financiarización de la economía,  normalización de la precariedad como modelo social e implantación progresiva de una ideología que somete no sólo nuestros cuerpos sino sobre todo nuestras conciencias (o subjetividad-es), el cual se implanta en cuestiones como el propio deseo. Todo ello se logra, como muy bien se explica, a través de un proceso histórico de implantación de modelos disciplinarios que evolucionan desde el taylorismo al toyotismo (idea de trabajo flexible), configurando, finalmente, la realidad posmoderna, en la que las personas integran para sí -sobre la totalidad de su persona- las características de la empresa (institución totalizante de la empresa), así como todo el imaginario  -constructo social y cultural- vinculado a ellas. Se observa en este análisis una clara influencia de autores como Antonio Negri, a menudo muy vilipendiado pero empleado valientemente en el análisis del contexto que nos envuelve[1]. Las consecuencias: la precarización de buena parte de la población (proletariado posmoderno), y lo que el autor denomina "contrarrevolución constituyente" (p. 93), (pero que, desde nuestro punto de vista, no es otra cosa que la agresión neoliberal que la clase trabajadora viene soportando desde los años setenta, acelerada tras el inicio de la crisis en 2007).
            Salvando estas cuestiones terminológicas estamos de acuerdo con el análisis que hace Jorge Moruno, especialmente en el interés que pone cuando trata de explicar el régimen de temporalidad posmoderno (o sistema paradójico de temporalidad en la posmodernidad), una cuestión que también preocupa a otros autores y que nos empuja hacia unas sociedades lobotomizadas en un continuo presente acelerado, hacia unas sociedades en las que la compra de experiencias trata de suplir el vacío existencial característico de la modernidad (acelerado en la nueva era), poco conscientes de su pasado y con ninguna perspectiva de futuro más allá de la precarización y la servidumbre hacia la que nos empuja la organización del trabajo[2]. Eso Moruno lo explica bien cuando define al sujeto posmoderno en función de una hiperindividualización manifestada en la idea (y en la ideología) de lo emprendedor y de la empresa-mundo como modelo y aspiración social. Transformaciones que, indudablemente, nos pueden llevar a hablar de otro periodo histórico o, al menos, de nuevas claves interpretativas de nuestra(s) realidad(es), tal y como se pone de manifiesto en la obra.
2. Construyendo un relato de lucha
            No estamos tan de acuerdo, en cambio, en la necesidad que siente por separar el presente del pasado, en cortar, de alguna manera, entre lo anterior y lo posterior, también en lo que a organizaciones políticas y respuesta(s) colectiva(s) frente al neoliberalismo se refiere. Sospechamos que se trata de una necesidad que viene marcada por un contexto político muy concreto del que el intelectual debería saber escapar en algunos momentos, a pesar de la disciplina de su propio partido. En este sentido, su relato se integra en otro más amplio que construye una entidad más grande, tal y como lo es en la actualidad PODEMOS, y pierde perspectiva, se somete de algún modo, si bien es perfectamente legítimo. No obstante, a pesar de las novedades que se plantean, la obra no escapa de los parámetros clásicos del pensamiento marxista, aunque no lo enuncie de forma clara, así como de la relación fundamental capital-trabajo que sigue rigiendo las contradicciones de nuestro tiempo, tal y como él mismo plantea: "eso no significa [los cambios] de ninguna manera que desaparezca el arcano que mejor describe la relación capitalista: la extracción de plusvalía" (pp. 151-152) y a pesar de que dicha contradicción fundamental se transforme "bajo otro marco más extensivo en el espacio y más intensivo en el tiempo" (p. 162), dentro de la racionalidad posmoderna, y que nos traslada al plano de la servidumbre de nuestra(s) subjetividad(es) y no sólo de nuestro trabajo.
            En este sentido, parece que cuando el autor habla del denominado "capitalismo cognitivo" como si esa fuese la esfera que envuelve la totalidad del trabajo y de las relaciones sociales de producción, tal vez no se esté abarcando la realidad, o al menos no toda ella. Como él, yo tuve que vender mi fuerza de trabajo durante los años de carrera, primero como albañil y después como camarero tras el colapso del boom inmobiliario puesto que, desde entonces, la hostelería vinculada a la Universidad y al turismo es una de las pocas salidas para los jóvenes salmantinos que deciden no emigrar. Cuando terminé también estuve un tiempo parado, momento que aproveché para ir a trabajar la tierra en la finca de Somonte ocupada por el SAT en Córdoba, donde conocí de cerca, durante los meses que estuve allí, la realidad de los trabajadores y trabajadoras del campo. No cuento estas anécdotas personales para colgarme ningún galón, sino para reflejar la amplia realidad de buena parte de los trabajadores y trabajadoras este país (que bien podemos definir como clase obrera o clase trabajadora), tanto en las ciudades como en el campo, y no así de las grandes ciudades.
            En estos otros lugares lo que se vende es la fuerza de trabajo de toda la vida, como digo, y poco se aprecia el capital cognitivo o la inteligencia emocional de los empleados por parte de los empresarios. Éste otro trabajo es alienante en el sentido que le daba Marx y bien se puede interpretar desde los presupuestos de un marxismo clásico, bien temperado como siempre digo, esto es, sin necesidad de construir ninguna ortodoxia, y sin necesidad también de que se trate del obrero industrial vinculado a la fábrica. Pienso en mi padre haciendo jornadas de doce horas por un sueldo miserable como gruista, o en mi madre limpiando casas como empleada del hogar, también en mis amigos albañiles, fontaneros, electricistas, jornaleros y jornaleras, etc. para los que su situación ya era precaria antes de la crisis, si bien ahora es aún peor. Se trata de gente sin formar o con una formación básica que tienen que vivir vendiendo su fuerza de trabajo y para los que cuestiones como la adhesión a los valores de la empresa, sus gustos y sus emociones, su vida privada, sus amistades, etc. poco interesan tanto al empresario como al propio trabajador. No todo es tan nuevo como parece y siempre existen viejas formas de dominación-explotación que se superponen a las nuevas. Se otorga una primacía tal vez un poco exagerada a movimientos como el 15-M como si antes no hubiera existido nada. Ni tanto, ni tan poco. Apelar a la clase trabajadora en cualquier transformación que se afronte en la actualidad en nuestro país sigue siendo fundamental.         
            Después de todo, estamos de acuerdo con Fredric Jameson, gran teórico de lo posmoderno, en que la economía capitalista: "se mantiene fiel a su última esencia y estructura (el afán de beneficio, la acumulación, la expansión, la explotación del trabajo asalariado) al tiempo que subraya una mutación en la cultura y en la vida cotidiana, en las instituciones sociales y en las relaciones humanas"[3]. Propone Jameson, en este sentido en dicha obra, la absoluta vigencia de la obra principal de Karl Marx, El Capital, tal y como planteamos nosotros, a través de la lógica del desempleo (y no tanto del empleo como plantea Moruno, si bien ambos análisis serían más complementarios que excluyentes). Idea que enlaza con la opinión de muchos autores que, como Eric Hobsbawm en su última obra, auguraba la necesidad de un pensamiento marxista que plantease abiertamente que el capitalismo no era la respuesta sino más bien la pregunta ante los acontecimientos que emanaban de la actual crisis económica[4]. Hasta aquí podemos estar de acuerdo. No lo estaremos tanto en las respuestas que planteamos ante las mismas preguntas.
3. La pregunta maldita del Qué hacer
            Tres son las cuestiones fundamentales con las que no estamos tan de acuerdo respecto de la obra de Moruno. La primera, que ya he defendido en algunas publicaciones, es la de manipular la cuestión de la "política de la verdad" empleada por Antonio Gramsci y considerar las decisiones tomadas desde el poder como algo sucio, como algo maquiavélico en el sentido peyorativo del término y que poco o nada tiene que ver con el pensamiento del florentino, y mucho menos del sardo[5]. El autor lo plantea hasta en dos ocasiones:
            "En política, la moral queda en un segundo plano, lo cual no significa que no exista una dimensión moral (...) Antonio Gramsci, cuando se pregunta si se debe usar la mentira en política, tiene claro que no, pero la distinción tampoco es entre A o B (...)
Creo que, en política, partir de la moral es la peor opción (...) Cuando digo moral no me refiero a la falta de ética" (p. 169 y p. 172.)
            Como podemos observar, Moruno tiene en este punto la capacidad de decir una cosa y la contraria o de convertir una sentencia taxativa de Gramsci en algo relativo. Apelar sin ambages a la ética es fundamental en un periodo definido como "postético" por parte de autores como Slavoj Zizek[6]; en un periodo, en definitiva, de desmantelamiento de cualquier tipo de solidaridad colectiva, no solamente de clase sino también de cualquier tipo de comunidad, como muy bien se indica en la obra, a excepción, tal vez, del concepto de "nación", el cual podría revivir los peores males del siglo XX vinculados al racismo y a la xenofobia que crece por toda Europa y contra la que debemos estar alerta.
            Cualquier transformación política y social desde abajo (esto es, planteada en términos de clase,) debe buscar, desde nuestro punto de vista, una sociabilidad y una racionalidad diferente de la que ya existe, construir lazos que conecten a las personas, les hagan tomar conciencia de su situación y luchar por mejorarla o transformarla. De lo contrario, corremos el riesgo de convertirnos en aquello contra lo que nos enfrentamos. No se trata de mantener una identidad pura alejada de la realidad, tal y como se plantea en la obra vertiendo cierta crítica de todo planteamiento a la izquierda de PODEMOS, pero tampoco de renunciar a aquello que nos caracteriza y, en este sentido, una política desprovista de ética (aunque la obra hable de moral) se convertiría en algo muy peligroso. Si no es tanto una cuestión de buenos y malos -como indica Moruno-, lo cierto es que el mal lo generan personas muy concretas: él habla de "casta financiera-política-patronal" (p. 93), si bien tal vez sería más sencillo explicarlo en términos de capital, entendido éste en el sentido que recientemente le otorgan autores como Piketty, nada sospechoso, por otro lado, de hacer saltar las alarmas comunistas[7].
            La segunda es la de considerar el leninismo como un asunto de marketing, con toda la interpretación sui generis que de la obra de Lenin ello plantea. El "marketing como ideología" (p. 211) es una cuestión que no termino de comprender bien, a pesar de que con ello se trate de construir una comunidad que apueste por la transformación social. ¿Acaso estamos construyendo una marca? ("Humo y marketing como Barack Obama" como dicen Los Chicos del Maíz en la canción "Abierto hasta el amanecer"). La transformación por la que apostemos debe ir más allá de plantear una buena campaña electoral al estilo yankee, debe de ser una transformación que parta de nuestras subjetividades para incardinarse en la materialidad de la realidad social con hombres y mujeres conscientes de dicha transformación, y, en este sentido, lograr esto no va a ser nada fácil, tal y como vaticina el caso griego. Ahí radica la tremenda dificultad de nuestra tarea: ¿Cómo vamos a enfrentarnos de manera realista a ese capital? ¿Cómo vamos a comunicar las contradicciones a las que nos va a someter? ¿Cómo vamos a conseguir el apoyo de la gente en ese difícil punto? En este sentido, defender la toma del poder (político o en las instituciones) a toda costa, como muestran los casos griego y portugués, no implica que se vayan a cambiar las cosas (pero esto no se trata en el libro que comentamos).
            Tal vez en defender una sincera política de la verdad y comunicarlo bien, de ello sí que se habla en la obra, esté la clave de la transformación que queremos, así como del apoyo social del que a menudo carecemos. En este sentido, comparto muchas de las críticas vertidas hacia una izquierda que no ha sabido adaptarse a los nuevos contextos tal y como sí supo hacer Lenin en su día, y como en cierta medida ha sabido plantear PODEMOS. Moruno ha contribuido indudablemente a ello.  
            En tercer y último lugar no veo la necesidad de desprenderse del término "comunismo", si realmente es a ello a lo que aspiramos. En saber comunicar, como muy bien se hace en el libro, de qué se trata, está la gran dificultad y el gran reto al que nos enfrentamos los comunistas en la actualidad. 
            También comparto con este autor la defensa de la "renta básica", muy vilipendiada entre la propia izquierda, como una forma de apuntar hacia otro modelo de empleabilidad así como de cambiar el sentido o la importancia que la cuestión del trabajo (o de la relación capital-trabajo a la que aludíamos anteriormente) representa para las personas hoy en día. Espero que el programa de PODEMOS no lo olvide y sean capaces de afrontar todos estos retos y todas estas dificultades con valentía, espero también poder encontrarme con pensadores de la talla de Jorge Moruno en ese tortuoso camino.





[1] En este sentido considero fundamental su obra, publicada junto con Michael Hardt, Imperio (2000), en los que se ponen de manifiesto los entresijos de los mecanismos biopolíticos de control, muy citada en muchos de mis trabajos. HARDT, Michael y Antonio Negri. Imperio. Barcelona: Paidós, 2002. esp. pp. 37 y ss.  
[2] "En esta postmoderna atmósfera también se ve afectada la experiencia temporal del individuo (que ya no cabe calificar de histórica). No percibe verdaderos cambios que le permitan sentir un genuino ‹antes› y ‹después›, sino alteraciones de superficie que le recuerdan al cíclico fluir de la moda y que contempla con indiferencia sabedor de que, en lo profundo, se oculta un estatismo sin fisuras" en SÁNCEHZ USANOS, David. Introducción a Reflexiones sobre la postmodernidad. Una conversación de David Sánchez Usanos con Fredric Jameson. Madrid: Abda, 2010, pp. 5-48, p. 30.
[3] JAMESON, Fredic. Representing Capital. El desempleo: una lectura de El Capital. Madrid: Lengua de trapo, 2011. p. 30. Sobre la aportación de este autor a la introducción de la crítica posmoderna en el pensamiento marxista reflexiono en: "Ecos de marxismo: Jameson y la inclusión de la crítica posmoderna en la historiografía marxista" en Con-Ciencia Social, 19, (2015), pp. 153-158. 
[4] HOBSBAWM, Eric. Cómo cambiar el mundo: Marx y el marxismo. 1840-2011. Barcelona: Crítica, 2011. p. 423.
[5] FERNÁNDEZ BUEY, Francisco. Filosofar desde abajo. Antología de textos. Recopilados por Jordi Mir y Victor Ríos. Madrid: Catarata, 2014. p. 135. Sobre ello reflexiono también en mi artículo: "La traición de Tsipras y el inmovilismo portugués: ¿Espejos de España? Unas notas para repensar la militancia comunista" publicado en Rebelión.org (16/10/2015). Disponible en:
[6] Slavoj Zizek afirma que vivimos en una época de cinismo: sociedad postideológica, en el sentido de que la ideología habría perdido su fuerza material como significado absoluto. No estamos del todo de acuerdo con su propuesta. En Slavoj Žižek, "Respuestas sin preguntas," en La idea de comunismo. The New York Conference (2011). Madrid: Akal, 2014, pp. 227-263, p. 239.
[7] Vid. PIKETTY, Tomas. El capital en el siglo XXI. Madrid: Fondo de Cultura Económica, 2014. 

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