martes, 30 de enero de 2018

LA AUTONOMÍA DE LA MENTALIDAD

Reflexión de César Méndez, Historiador. Miembro del Grupo de E. Culturales A. Gramsci.

España, primer tercio del s. XX. Consolidación del liberalismo y todas sus facetas. Monarquía con un elitista sistema electoral, masculino. Exceso de mortalidad (29
‰) a raíz de enfermedades producidas por las pésimas condiciones laborales: antracosis entre los mineros, carbunco entre los curtidores, sífilis entre los vidrieros, envenenamiento por plomo entre los fabricantes de pintura. Accidentes laborales consecuencia del cansancio de las largas horas de trabajo. Fiebre amarilla, cólera, tifus o tuberculosis; consecuencia esta última del hacinamiento, la desnutrición, la falta de aire puro y ventilación en los barrios, viviendas y fábricas. Falta de higiene relacionada con la miseria. Las enfermedades infecciosas eran típicas de las capas populares, si bien se enfrentaban a ella los altos estratos sociales con médicos privados, balnearios y playas. Esperanza de vida de 34 años en 1900, de 41 en 1920. Jornada laboral de 60-80 horas semanales, descansando solo los domingos a raíz de la Ley de Descanso Dominical de 1904 de dudoso cumplimiento. Trabajo infantil, duplicación del trabajo de la mujer obrera que no comenzará a reconocerse siquiera como ciudadana hasta 1931. El 70% del salario de una familia común era destinado a la alimentación, seguido de los gastos de viviendas compartidas por varias familias, y el vestido.[1]

Despegue del movimiento obrero a nivel europeo. Huelgas y conquista de derechos. Casas del Pueblo vinculadas al joven partido marxista PSOE y el sindicato UGT (se estiman unas 400).[2]Ateneos vinculados al anarquismo, protagonistas en el obrerismo hasta la Segunda República y la Guerra Civil de 1936. Se intentará crear ese «hombre nuevo», politizado, lleno de valores y alejado de los vicios del obrero embrutecido que lo destruyen y alienan como la taberna o los casinos. Para ello, se pretendía llenar el escaso tiempo libre que comenzaba a tener la clase trabajadora con actividades como el teatro, el fútbol (constituido ya como deporte rey entre las clases populares)[3] o los grupos corales, en un ambiente politizado con el objeto de crear una cultura contrahegemónica. Se tenía una notable preocupación por la alfabetización tanto de los niños como de la población adulta para conseguir su emancipación, en una sociedad donde el 63,8% de la población era analfabeta en 1900; así como una expansión de la cultura a través de la literatura realista y naturalista.[4]Obreros conscientes y militantes organizando sindicatos de empresa. Sociedades de Socorro Mutuo, solidaridad obrera con fondos reservados y altruismo. Parecen condiciones objetivas favorables a la Revolución o, al menos, al ascenso de partidos y movimientos obreristas, ¿verdad?

 Es difícil cuantificar el impacto real de estas ideas, aunque parece obvio que no fueron las esperadas. No hubo ninguna revolución (no confundir con revueltas, de carácter inmediato). Tampoco hubo un ascenso de ningún partido obrero hasta la Segunda República, y ni siquiera entonces de manera mayoritaria. De entrada, no olvidemos que el grueso de la población seguía perteneciendo al sector rural y agrario (68,8% en 1910, 58,8 en 1920).[5]Su mentalidad será la más inmovilista y permanente. Es una capa social que goza de impermeabilidad ante nuevas ideas como el socialismo (y el liberalismo), también de las nuevas costumbres.  Serán los defensores del viejo orden y de los valores morales tradicionales, haciendo suyos los intereses altoburgueses y nobiliarios. Del mismo modo, la clase obrera urbana procedente mucha de ella del mundo rural( y la cual asociamos rápida y erróneamente al movimiento obrero per se), tampoco parece presentar entre ella una cantidad hegemónica de obreros conscientes, más atraídos por la taberna y el recién profesionalizado fútbol que por las Casas del Pueblo.

Otto Wunderlich, En la taberna. Arenas de San Pedro (Ávila). 1921-1922 

¿A dónde pretendo llegar con esto? Son muchos los debates que se encienden actualmente dentro de los propios partidos obreros (o que pretenden defender a dicha clase) en torno al por qué no se consigue llegar a los estratos populares.Al igual que a comienzos del s. XX (etapa la cual considero idónea para el triunfo del movimiento obrero), y salvando con creces las diferencias, en España se han desarrollado unas condiciones objetivas a raíz de la crisis económica de 2007. Sin embargo, las organizaciones de tinte social no han (hemos) sido capaces de crear la subjetividad oportuna que llevara el ascenso necesario de las mismas. Las respuestas que se dan como autocríticason varias, aunque todas ellas giran en torno a la misma idea (no por ello inciertas): la ausencia de una clase obrera real entre sus filas, el clasismo intelectual del propio partido y sus cuadros, la clase obrera no se ve reflejada en esos dirigentes universitarios…  Sin embargo, esas premisas si se dieron en la España Liberal y no se consiguió tampoco la emancipación de la clase trabajadora.Podemos pensar entonces que la ausencia de educación y el analfabetismo hizoentonces más vulnerable a esta clase ante la cultura hegemónica (en una época donde no existían los medios de masas tan potentes como los actuales), aunque por el mismo razonamiento también esa vulnerabilidad debió de existir ante los cuadros obreros que si bajaron o salieron de los propios barrios y fábricas. Además, carecen de sentido si las extrapolamos a los partidos o instituciones aclamadas por las capas bajas de la población en la actualidad. ¿Acaso pensáis queven reflejada su posición en la Casa Real o Cristiano Ronaldo, ídolo de masas?, ¿o es que Rivera o Arrimadas no son universitarios y que, además, bajan al barrio a ayudarles?

A veces, la perspectiva histórica nos permite pensar con mayor claridad. Como hemos visto, no es nada nuevo y parece una constante.A comienzos del s. XX las condiciones de vida eran pésimas y aun así seguía siendo la clase popular la que sostenía a lasaltas capas burguesas y nobiliarias, ideológicamente hablando. Esto no se produjo por unos mismos intereses político-económicos, sino por un sistema interiorizado de valores que encontraban su defensa en las capas inmovilistas, tales como la tradición yel orden (contrarios pues a los desórdenes del anarquismo), o el valor de la nación y su unidad orgánica en cuya construcción había ganado ya la batalla la visión conservadora (en detrimento de esa otra visión másdemocrática que encabezaban los liberalesprogresistas del s. XIX).[6]

Con la simple reducción a la condición material y temporal del análisis postelectoral partidista se ha pasado de largo que la culturase presenta como una realidad dotada de autonomía propia.La mentalidad y su lenta transformación juega un papel más determinante en la conducta humana que la propia condición económico-social, algo que ya entendió Antonio Gramsci o Georg Lukacs. Por lo tanto, estudiémosla para poder transformarla.




[1]  URÍA, Jorge. La España Liberal (1868-1917). Cultura y vida cotidiana. Madrid, Síntesis, 2008.
[2]   De LUIS, Francisco: ``Los `templos obreros´: funciones, simbología y rituales de las Casas delPueblo socialistas en España (1900-1936)´´,  Cuadernos de Historia de España. Buenos Aires (Argentina), vol. LXXVI, 2000, pp. 273-300.
[3]  OTERO CARVAJAL, Luis E. ``Ocio y Deporte en el nacimiento de la sociedad de masas. La socialización del deporte como práctica y espectáculo en la España del primer tercio del siglo XX´´. Cuadernos de Historia Contemporánea, Vol. 25, 2003. pp. 169-198.
[4]  De LUIS, Francisco. ``El asociacionismo cultural obrero en la España del primer tercio del sigo XX´´, en Mª Dolores de la Calle Velasco y Manuel Redero San Román (eds): Movimientos sociales en la España del siglo XX. Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2008, pp. 45-64.
[5] URÍA, Jorge. La España Liberal (1868-1917). Cultura y vida cotidiana. Madrid, Síntesis, 2008.
[6]  MORALES HOYA, Antonio y de LUIS MARTÍN, Francisco. ``Las Mentalidades´´, en Historia de España de Menéndez Pidal. Tomo XXXIII: Los fundamentos de la España Liberal (1934-1900). Madrid, Espasa, Calpe, 1997.

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